Bernal vence en el caos: La Vuelta 25, atrapada entre pancartas y barricadas 

FOTO: ©Unipublic
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La decimosexta etapa de la Vuelta Ciclista a España, entre Poio y Mos-Castro de Herville, volvió a ser interrumpida por protestas propalestinas, obligando a finalizar la jornada a ocho kilómetros de la meta. A pesar del recorte, el colombiano Egan Bernal se impuso al sprint a Mikel Landa en el punto donde la organización decidió detener la carrera, marcando así un desenlace deportivo que contrastó con la neutralización total vivida días atrás en Bilbao. 

La jornada, originalmente de 167,9 kilómetros, fue recortada a 159,9 por motivos de seguridad. La organización, ante la imposibilidad de garantizar el paso del pelotón por zonas bloqueadas por manifestantes, anunció oficialmente que los tiempos y el ganador se establecerían en el kilómetro 159,9. La decisión se tomó tras el colapso logístico provocado por árboles cruzados en la carretera y la presencia de colectivos propalestina, que denunciaban la participación del equipo Israel–Premier Tech en la ronda española y el genocidio de Israel. 

Las protestas, convocadas por colectivos por Palestina, se concentraron en puntos estratégicos del recorrido, como el puente de A Barca y la rotonda de Manuel del Palacio, en Mos. Las consignas —“No es una guerra, es un genocidio”, “Israel asesina, La Vuelta patrocina”— y los bloqueos físicos, como la colocación de un árbol en plena carretera durante el ascenso al Alto da Groba, obligaron a la Guardia Civil a intervenir y a la dirección de carrera a tomar una decisión drástica.

La fuga del día, inicialmente compuesta por 17 corredores, se fue desgranando hasta quedar en tres protagonistas: Bernal, Landa y el francés Rolland. En ese trío se gestó la resolución de la etapa, con un Bernal que, fiel a su estilo combativo, lanzó un ataque certero en los últimos metros antes del corte, cruzando primero la pancarta que marcaba el nuevo final. Su victoria, aunque condicionada por factores ajenos al deporte, se cimentó en la estrategia y la fuerza, y le devuelve protagonismo en una carrera que lo ha visto renacer. 

El caos provocado por la protesta también dejó consecuencias físicas: el español Javier Romo sufrió una caída en la jornada anterior en medio del desconcierto y tuvo que abandonar la competición. Su retirada añade una nota amarga a una jornada que, lejos de ser una fiesta del ciclismo, se convirtió en un escenario de reivindicación política.  

La Vuelta, que debería ser una celebración del deporte y la geografía española, se ha visto atrapada en un conflicto que trasciende el pelotón. La presencia del equipo Israel–Premier Tech ha sido el detonante de estas movilizaciones, que ya habían alterado etapas anteriores en el País Vasco y Asturias. La carrera, que avanza como una serpiente multicolor por los paisajes ibéricos, se ha visto obligada a esquivar no solo puertos y repechos, sino también barricadas ideológicas. 

Y si la etapa 16ª fue convulsa, lo que se avecina en la última semana de competición amenaza con convertir la Vuelta en un campo minado. En Valladolid, donde se disputará la contrarreloj individual de 27,2 kilómetros, se prevén concentraciones masivas y difíciles de controlar. El despliegue de más de 450 agentes no garantiza la seguridad total, y las autoridades reconocen que no pueden asegurar que la prueba se desarrolle sin incidentes. 

A ello se suma la polémica llegada a la Bola del Mundo, prevista para este sábado. Ecologistas en Acción ha convocado una concentración en el Puerto de Navacerrada para denunciar el “ilegal” permiso concedido por la Comunidad de Madrid, que autoriza el final de etapa en un enclave de alta montaña dentro del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. La organización ecologista considera que se ha vulnerado el Plan Rector de Uso y Gestión del parque, que exige que las competiciones tengan inicio y final en núcleos urbanos. 

Con este panorama, si la Vuelta logra concluir en Madrid será poco menos que un milagro. La carrera, que debería ser una celebración del esfuerzo y la geografía española, se ha convertido en una travesía por territorios tensos, donde cada etapa es una incógnita y cada pancarta, una posible línea de meta. 

CONCLUSIÓN

La Vuelta Ciclista a España, más que una competición, es una celebración del esfuerzo humano, del paisaje ibérico y de la pasión por el ciclismo. Sin embargo, lo que debería ser una fiesta deportiva se ha visto empañada por la irrupción de colectivos propalestinos que, en su afán de visibilizar una causa legítima, han optado por métodos que vulneran el derecho de miles de aficionados a disfrutar de su deporte. 

Bloquear carreteras, interrumpir etapas y poner en riesgo la integridad de los corredores no es activismo, es sabotaje. El ciclismo, que representa valores como la constancia, el respeto y la superación, ha sido convertido en rehén de una estrategia que confunde visibilidad con imposición. Las pancartas en medio del trazado, los árboles cruzados en la calzada y las concentraciones agresivas no solo alteran el desarrollo de la carrera, sino que privan a los amantes de las dos ruedas de momentos únicos, de emociones compartidas y de la magia que solo el deporte puede ofrecer. 

Reivindicar no debería significar arrasar con lo ajeno. La causa palestina merece atención, pero no a costa de la seguridad de los ciclistas ni del disfrute de quienes siguen la Vuelta con devoción. Convertir cada etapa en una batalla ideológica es desvirtuar el espíritu deportivo y despreciar a una afición que no tiene culpa ni responsabilidad en los conflictos internacionales. 

Si el deporte es un puente entre culturas, lo que hemos visto en esta edición de La Vuelta es la demolición de ese puente. Y si la carrera logra llegar a Madrid, será no solo un triunfo logístico, sino una victoria moral frente a quienes han confundido el derecho a protestar con el derecho a imponer. 

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